RECUERDOS

RECUERDOS

EL DOLOR DE LOS SUEÑOS CUMPLIDOS

 

La semana pasada quedé para comer con un viejo amigo y me contó que había estado vagando por los mapas de Google Earth, viendo desde el espacio todas las islas que visitó en sus navegaciones del pasado: Caribe, Grecia, Italia, Baleares… Y ahora que está totalmente jubilado, habiendo vendido su barco y con una salud que ya no da para embarcarse en grandes aventuras, acabó con los ojos húmedos de nostalgia.

Demasiados buenos recuerdos perdidos en el tiempo. En algunos de esos viajes tuve el placer de acompañarlo y, en otros, yo había visitado alguno de los mismos lugares poco antes o poco después que él, así que acabamos en la típica charla de la gente que anda alrededor de la setentena, intentando recordar nombres y fechas que alguna vez creímos que nunca olvidaríamos. ¡Qué bien lo pasamos en aquella isla, al oeste de Sicilia, en la que entramos de arribada por mal tiempo! Ahora no me sale el nombre. Ya no había turistas porque era a mediados de septiembre y los isleños nos acogieron de maravilla. Hasta nos pusieron un mote: Gli spagnoli de la barca rossa. Sí, ¡qué bueno! Y tuvimos que abarloarnos al barco aljibe para cargar los tanques de agua, porque en el puertecito no había. Buena gente, como los de aquella otra isla griega, al norte de Chipre, encajada en una bahía turca, que en junio celebraban una extraña fiesta en la que se tiraban agua unos a otros. Solo estábamos nosotros en su diminuto puerto. El nombre empezaba por K. Y en ella rodaron una película de unos italianos que quedaban aislados durante la guerra. Per tutti quelli che stanno escappando! Una dedicatoria de las que te sacuden. ¿Y Pedro Texaco?, el de la gasolinera de Las Palmas, que era como un cónsul general de los navegantes, ¿qué habrá sido de él? Allí llegamos bastante hechos polvo, tras dos días a la capa frente al cabo Cantín. Pero se nos pasó pronto y nos fuimos a cenar al barrio antiguo. El barrio de… ahora no me acuerdo. Fue en el 96. ¿O, quizás, el 97?

Sobre nuestra mesa desfilaron los recuerdos de una taberna en Heraklion; un lunes de Pascua en Rodas, comiendo cordero asado; la emoción de amarrar, por fin, en Kioni, Itaka; la escala en Famagusta durante el Ramadán; una cena en San Vito lo Capo, junto a una típica famiglia siciliana. Algunos recuerdos eran suyos, otros míos y varios, comunes. Todos irrepetibles. Todos felices.

Afortunadamente, a las 16:30 nos invitaron a marcharnos del restaurante de la Barceloneta donde habíamos comido y solo pudimos tomar un único gin-tonic. Más hubiera sido imprudente, con la marea de nostalgia y el horizonte de canciones y recuerdos. ¡Kastelorizo! La isla griega era esa. Suena como horizonte.

Alguien me dijo que un marino nunca podrá volver a un lugar en el que fue feliz, porque todo cambia y se echa a perder. Podría quedarnos el recurso al recuerdo, pero pienso que no tiene ningún sentido llevar un inventario de las cosas perdidas, porque el dolor de los sueños cumplidos es superior al que causan aquellos que nunca se realizaron.

                                                                                                                                SERGIO ARANDA