EDUARD DURAN

MV “CAMINO”. Primera singladura y posterior Orinoco
Nunca olvidaré mi primer día embarcado, finales de octubre de 1978, el buque CAMINO, propiedad de Trasatlántica, con sus 120 metros de eslora, había zarpado de Barcelona aquella misma mañana y, cuando cayó el sol, quedó fondeado en el golfo de Rosas con un temporal y viento infernal. Para cualquier pasajero aquello habría sido un simple retraso, para mí, que acababa de enrolarme como alumno de puente en mi primer viaje, era el comienzo de una vida completamente nueva.
Mi primer impacto fue conocer al capitán Gerardo Larrañaga Bilbao, pertenecía a una generación de marinos forjada mucho antes de que los puentes de mando se llenaran de pantallas electrónicas. Una gran parte de su vida había transcurrido en los grandes barcos de pasaje de la compañía y se le notaba. Su figura altanera la utilizaba para hacerse obedecer y siempre manteniendo un porte militar; su autoridad nacía de la experiencia y de una serenidad que transmitía confianza incluso en los momentos difíciles.
Rondaba los cincuenta cinco años , de estatura media, corpulento y espalda recta, llevaba un bigote espeso, perfectamente recortado, que reforzaba la expresión severa de su rostro. Sin embargo, bastaba que esbozara una leve sonrisa para descubrir un carácter mucho más cercano de lo que aparentaba. Sonreía poco, pero cuando lo hacía desaparecía la distancia que imponía. Hablaba despacio, y siempre colocando alguna frase ingeniosa. Elegía cada palabra con precisión, sin adornos innecesarios. Nunca recurría a los gritos para corregir un error. Una observación dicha en voz baja bastaba para que cualquiera comprendiera que debía hacerlo mejor.
Esa primera tarde Ricardo, el otro alumno que hacía la guardia con el primer oficial, me llamó y me dijo que el capitán quería que subiera al puente, ante una Tramontana excepcional se había decidido fondear en la bahía de Rosas y la tripulación ya estaba de maniobra.
Subí al puente cuando el último resplandor rojizo desaparecía detrás de la costa catalana, cuando finalizó la larga maniobra de fondeo las dos anclas mantenían al CAMINO, con sus 6900 toneladas de peso muerto, inmóvil sobre un mar turbulento que golpeaba el casco. A lo lejos se distinguían las luces diminutas de Rosas y del cabo de Creus. No recuerdo en toda mi carrera haber vuelto a fondear nunca a “barbas de gato”. Sentí una mezcla extraña de entusiasmo e inquietud.
En el puente el capitán Larrañaga caminaba de un lado a otro con paso corto y decidido. Era un hombre de pocas palabras, con golpes continuos de ingenio, pero bastaba observar su expresión para comprender que algo no marchaba como estaba previsto. Entonces escuché por primera vez una conversación que me hizo comprender que, navegar era mucho más que gobernar un barco.
El CAMINO navegaba prácticamente de vacío. Cruzar el golfo de León en lastre significaba soportar cada golpe de mar con violencia, disminuir la velocidad y castigar la estructura del buque a base de pantocazos. Larrañaga lo sabía, Madrid también. Pero entre los despachos y barco siempre existían dos maneras muy distintas de medir el tiempo y valorar la situación. El capitán hablaba por VHF con el director de operaciones de Madrid, no recuerdo el nombre. Al principio no levantaban la voz. —Es imposible mantener esa programación —decía con una calma firme—. El barco va en lastre y no podemos cruzar, y menos llegar a Génova cuando tú quieres, si quieres volvemos a Barcelona y me llenas la bodega 1, entonces cruzo.
Hubo un largo silencio. Solo se escuchaba el chisporroteo metálico de la radio. —No, las manos las vamos a perder . Le reprochó el director, siguiendo una corta discusión. El capitán Larrañaga alzó de una manera importante la voz y dijo —Con estas condiciones no puedo llegar a Génova, y te recuerdo que el navegar es como los toros: “si Dios, y el tiempo, lo permite hay toros sino no”.
Aquellas palabras me sorprendieron, posiblemente porque eran las primeras 24 horas embarcado y todo impacta más .Yo había imaginado que un capitán simplemente obedecía las órdenes de la compañía. Aquella noche descubrí que también tenía la obligación de discutirlas cuando la seguridad del barco estaba en juego Y en ese momento vi a un capitán enorme.Todavía recuerdo aquella discusión con Madrid, el silencio respetuoso del puente y la serenidad del capitán Larrañaga defendiendo una decisión que no obedecía a intereses comerciales, sino a algo mucho más importante: el respeto por el barco y por los hombres que navegábamos en él.
Aquella primera noche comprendí que un buen capitán no es el que llega antes al puerto, sino el que sabe decir NO cuando la mar, el barco y la experiencia le aconsejan otra cosa. Al día siguiente viramos las dos anclas y procedimos a Génova, para cargar una parte de una fábrica de acero destinada a Puerto Ordaz en Venezuela y descarga en Matanzas , Orinoco rio arriba.
Con el barco cargado con la fábrica despiezada, crucé el Atlántico por primera vez. Tenía veintiún años y estaba lleno de ilusiones, ignoraba que nadie podía preparar a un muchacho para el asombro de descubrir América desde la cubierta de un barco. Fueron días de descubrir un mundo de historias relatadas por diferentes miembros de la tripulación, desde el motín en el MONTSERRAT ,en el año 1959, al llevar un completo de emigrantes vascos y griegos a Australia con una gran mayoría de mujeres, a historias menores de salidas nocturnas en puertos y tabernas.
El Orinoco apareció primero como una visión. El mar dejó de ser azul para adquirir un color imposible, una mezcla de barro, selva y vida. El agua dulce avanzaba decenas de millas mar adentro, imponiendo su presencia al océano. Recuerdo haber apoyado los antebrazos sobre la borda y contemplar aquella frontera invisible, donde el Atlántico se rendía al río más poderoso que había visto jamás, mientras todos en el puente buscando la boya de recalada donde embarcaría el práctico.
Entrar en el delta fue como penetrar en otro mundo. No había horizontes abiertos. Había islas cubiertas de una vegetación exuberante, canales que parecían multiplicarse sin fin y una humedad tan intensa que el aire parecía poder tocarse con las manos. Las aves cruzaban sobre el barco en bandadas enteras al paso del CAMINO, mientras en las orillas aparecían pequeños cayucos de pescadores medio desnudos y casas levantadas sobre pilotes, algunas suspendidas sobre el agua como si hubieran aprendido a convivir con las crecidas del río desde hacía siglos. Todo olía diferente.
Navegar río arriba hacia el puerto Matanzas era avanzar lentamente por el corazón de un continente. Cada recodo escondía un paisaje nuevo. El río nunca era el mismo dos horas después. Había playas de arena rojiza, bosques que parecían no terminar nunca y enormes árboles cuyas raíces desaparecían bajo el agua color café. Yo apenas podía apartar la vista, no podía dejar los prismáticos. Todo era un descubrimiento y posiblemente en zonas nunca pisadas por los occidentales.
El capitán Larrañaga observaba mucho y hablaba poco, a veces nos regaba con alguna frase ingeniosa. Tenía esa autoridad serena que solo poseen los hombres que llevan toda la vida en la mar. No necesitaba levantar la voz, alta como buen vasco, para mandar.
El día antes de la recalada Larrañaga nos dijo a los alumnos que seríamos los timoneles en la subida al río. Era un trayecto de unas 150 millas y que se cubría en unas 18 horas. —Mantenga el eje del canal. Ordenó el práctico. Aquellas palabras parecían sencillas. Hasta que apoyé las manos sobre la rueda. Sentí el peso del barco transmitido por el sistema hidráulico. No era una sensación física solamente. Era como si miles de toneladas confiaran de pronto en las decisiones de mis manos. Miré al frente.
Atendíamos a las instrucciones del práctico, siempre con Larrañaga atento. El río serpenteaba continuamente. Las referencias cambiaban a cada minuto. La corriente empujaba con fuerza, obligando a anticipar los movimientos mucho antes de que el barco reaccionara. Comprendí que gobernar un buque no consistía en girar una rueda, sino en pensar varios segundos por delante del propio barco. El capitán Larrañaga, silencioso. No necesitaba intervenir. Su silencio era la mayor muestra de confianza que podía ofrecerme. Nunca olvidaré aquella sensación. No era orgullo. Era responsabilidad. Cada maniobra era una lección.
Durante horas, y ya fuera de la rueda del timón, fui descubriendo los pequeños secretos del río: las diferencias de color que delataban menos profundidad, los remolinos que nacían junto a las orillas, los troncos que descendían arrastrados por la corriente, el comportamiento del barco cuando aumentaba el caudal o cuando un recodo cerrado obligaba a abrir antes el timón. Cada milla recorrida hacía desaparecer un poco al muchacho que había embarcado en España. Hasta que quedamos atracados en el pequeño muelle de Matanzas, rodeado de una zona industrial.
Por las noches permanecía largo rato en cubierta. El cielo venezolano parecía mucho más grande que el europeo. Las estrellas descendían hasta confundirse con la línea oscura de la selva. El silencio solo era interrumpido por el rumor constante de las máquinas y por los sonidos invisibles del bosque tropical, una música desconocida formada por insectos, aves nocturnas y animales que jamás llegué a ver.
A los veintiún años uno cree que el mundo está esperando ser conquistado. La realidad es justamente la contraria: es el mundo quien comienza a conquistarte. Aquella navegación por el Orinoco me enseñó que viajar no consiste únicamente en cambiar de lugar. Viajar significa aceptar que existen infinitas formas de vivir, de hablar, de mirar el agua y de entender el tiempo. Fue cuando realmente comencé a andar en esta profesión.
Eduard Durán
Marino Mercante