DOS HURACANES

Dos Huracanes.
Hace mucho tiempo, más de 45 años, los mercantes nos sumíamos en el océano sin partes meteorológicos fiables, ni equipos de navegación por satélite; con aparatos de Radar bastante arcaicos y sondas y correderas de las que es mejor no hablar.
Para saber la hora de Greenwich disponíamos de una serie de cronómetros, suspendidos de un sistema Cardán, a los que había que dar cuerda todos los días: el mismo número de vueltas de llave y, a ser posible, hecho por la misma persona. Y aún así, los días en que el crepúsculo lo permitía, sin nubes y buena visibilidad del horizonte, conseguíamos situaciones muy fiables por la observación con sextante de seis o siete estrellas casi simultáneas con la ayuda de las llamadas Tablas Americanas, además de las observaciones del Sol, que nos daban una línea de posición matinal, una latitud por altura meridiana y otra línea a media tarde.
Ya a finales de los años 70 empezamos a disfrutar de relojes eléctricos de cuarzo, de pulsera, que resultaban más fiables que los cronómetros de cuerda, e incluso algunas calculadoras “científicas” que nos permitían prescindir de los tediosos logaritmos en nuestros cálculos.
Algunos recibíamos, si estábamos suscritos, un mensaje enviado por telegrafía desde una base norteamericana, creo que situada en Norfolk, cada tarde. El mensaje, llamado "BARANAL",(con B o con V, ya no me acuerdo, y del cual no he sabido encontrar ni rastro en el omniscente Google),consistía en una muy larga serie de cifras de ocho dígitos que había que descifrar mediante un código sencillo, obteniendo así un dibujo de isobaras y frentes que pintábamos con lápices de cera sobre una carta del Atlántico o el Pacífico que colgaba en el cuarto de derrota, protegida por un cristal. Una vez dibujado el mapa meteo, el Capitán visitaba el puente y le echaba un vistazo.
Medíamos la distancia entre isobaras y calculábamos la fuerza del viento prevista. También teníamos una especie de diagramas polares que nos daban la velocidad del barco según la intensidad y dirección del viento, con lo que alguna vez cambiábamos de rumbo para ganar distancia sobre la ruta. A eso se le llamaba "navegación meteoro-oceanográfica".La manera de confirmar aquellas previsiones era mirar mucho el cielo y observar a menudo la línea que dibujaba el barógrafo. Nada más.
En uno de los viajes, creo que a finales de agosto de 1979, el Baranal dibujaba una pequeña baja presión en el Golfo de Guinea, cerca de Nigeria, muy lejos de nuestra ruta y sin otras líneas cercanas. Me llamó la atención que nos dieran aquella información tan poco conexa con el Atlántico Norte, que era por donde navegábamos. Se lo comenté al Capitán (yo era segundo oficial entonces) y éste, tras acariciarse la barba un momento, me dijo que no la perdiese de vista y no dejase de dibujarla en los días siguientes, aunque estuviese muy lejos. "Nunca ha venido nada bueno de Nigeria para los marinos, y el yankee de Norfolk parece que lo sabe".
Aquella depresión redondita se convirtió en tormenta tropical a las 48 horas y, poco después, en el huracán David, que alcanzó categoría 5 y barrió el Caribe causando más de 2.000 muertos con vientos de 175 nudos. Casi simultáneamente apareció otra depresión, ésta un poco al sur de Cabo Verde, y en muy poco tiempo se convirtió en el huracán Frederick.
Tuvimos que pasar entre ambos. Podéis imaginar que nadie durmió bien a bordo durante aquellos días y que nunca se esperó con tanta atención la llegada del Baranal al cuarto de telegrafía. Fue la única vez que tuve espectadores mientras dibujaba el mapa y el cono de posibles trayectorias de aquellos monstruos. Llegué a ver la corona de cirrus convergiendo hacia el ojo de Frederick, la gran mar de leva y la desaparición de la marea barométrica, que eran los únicos síntomas de los que disponían, tiempo atrás, nuestros padres y abuelos para sospechar la presencia de los huracanes.
Pensando en ello me sentí muy afortunado por la ayuda que la tecnología nos brindaba, delatando la posición y las intenciones de aquellas formaciones apocalípticas que tantas vidas habían costado. También llegaba a sentirme un poco insignificante, como si oyese la voz demis ancestros susurrando que, con esos adelantos, cualquier ignorantepodría cruzar el Atlántico sin percances.
El viento y la mar de leva fueron monumentales, pero llegamos a Panamá sin averías y a tiempo, gracias quizás a que el paso previo y devastador de David había dispersado mucha de la energía atmosférica que hubiese alimentado el corazón de Frederick.
Recordando aquello ahora, pienso en que, dentro de la impersonalidad de un mensaje cifrado, compuesto sólo por números, se pudo deslizar el detalle humano de que el operador de Norfolk incluyera el germen de David. Tal vez él también era marino y había estado alguna vez en Nigeria.
Sergio Aranda